La esperanza se desvaneció…

By: juanrico

Sep 04 2020

Category: Uncategorized

(“ No son los brotes verdes de ZP, son los rebrotes del doctor SZ”)

… como un sueño con la muerte del dr. Richard, del equipo de investigación en Orán, entusiasmado, al comprobar que la curva de la epidemia se había convertido en meseta, por la eficacia del suero del dr. Castle, y sin embargo el dr. Richard se convirtió en víctima, con lo cual el escepticismo del dr. Castle sobre la eficacia de su vacuna no hizo otra cosa que corroborar el pesimismo.

Cuando el dr Rieux, apostado sobre la ventana, supo distinguir entre dos mundos contrapuestos: al otro lado del cristal, casi tocaba con su mirada el azul transparente de un cielo limpio y fresco de la ciudad, y de este lado del cristal la realidad de la epidemia…

La abstracción en la conversación con el dr. Rieux, llevaba a Jean Tarrou a elegir entre ser víctima de la epidemia o convertirse en un inocente pestífero…

Aunque mi relato sobre la abstracción de Jean Tarrou había interesado al grupo de amigas, que, recostadas sobre el peñasco, de la popular Silleta, de la todavía caliente por la pertinaz obstinación del sol durante todo el día de aquel lejano agosto, no permitía pestañear siquiera para no perderse el hilo de la narración, quedaron extasiadas al oír de mis propios labios el relato que hiló sucintamente sobre las pestes el propio Jean Tarrou, de las que existían documentos escritos en todo el mundo:

(“La peste había azotado a Atenas tan brutalmente que, apestada, los cadáveres quedaban tirados por las calles de la ciudad; en Constantinopla, según Procopio, se contaron diez mil muertos en un solo día; cuarenta mil ratas en Cantún; en Milán se llevaban a los muertos en carros en la peste del mil ochocientos setenta y tantos; en Marsella había peleas para llevar a sus pariente muertos a una pira en el puerto…”)

-las pestes, como las guerras suceden, y nadie puede dar explicaciones, pero hay que estar preparados por si llegan a suceder, y somos testigos.

-¡ qué pesimista eres, cariño¡

-le ha llamado “cariño”¡ -exclamó María Deliciosa, con una sonrisa maliciosa.

-y eso, que son primas -arbitró Manoli, con el ánimo de defender a Amie, por su inesperada traición de su inconsciente.

Si la luna hubiera salido, hubieran percibido que a Amie se le hubieran saltado los colores, avergonzada. Mientras tanto María Deliciosa traía a su memoria aquellas noches que, Callejero, su incipiente novio, la llevaba a los prados del Cerro Castuera en el coche Reault4, que lo usaba como arma de trabajo en los desplazamientos para rebobinar dinamos de los motores, y le hacía moratones en el cuello, que, con regocijo no les solía ocultar a sus competidoras, y apartando el cuello de la camisa les decía sin empacho:

-Mirad este; este si que es hermoso y morado. Me lo hizo anoche dentro de su coche, mientras me acariciaba la derecha.

-Si. Pude notar que su condición de hombre sobresalía de su anatomía -respondía María la Deliciosa a la falta de recato de Consolación en su pregunta.

Las amigas se relamían los labios de gusto, sabiéndose desafortunadas por la falta de pretendientes en aquellos años felices, de deseo y juventud…

No había duda, los doctores, desde la muerte del dr. Richard, habían decidido comunicarle a la prefectura que se trataba de una Epidemia…

(Continuarà)

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