Al otro lado del tiempo: una de tantas noches de las Espérides en el pueblo ( Cont.)

By: juanrico

Jul 23 2017

Category: Uncategorized

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 Eran aquellos tiempos cuando el día a día atenazaba a la gente; cuando el único reloj que el pueblo conocía y obedecía eran las 12 campanadas que el monacillo, a instancias del párroco, D. Aristofanes, solía sin falta agitar la campana de bronce, que el pueblo había adquirido de los artesanos de Toledo, de los que D. Aristófano tenía buenas referencias y precio. Era la hora de dar de mano; era la hora del almuerzo, cuando los amos y los mozos se disponían a un receso que los aliviara del fragor de las tareas, del sudor que en churretones se deslizaba por la piel curtida de sol en forma de pinceladas oscuras que discurrían por el cuello, por el pecho velloso de sus viriles musculaturas, que siempre hacía exaltar la envidia oculta de las ilusiones de las adolescentes, que, en abierta lucha con sus progenitoras pretendían subirse la bastilla de sus faldas por encima de las rodillas, y mostrar así la siempre atractiva redondez de sus rodillas…

Una vez que el picadillo, a base de tomate de la huerta del hortelano de Castuera que vociferaba de esquina en esquina todas las mañanas, y a buen precio, soliviantando los bolsillos de las amas de casa, y los pimientos, rojos y verdes, y los pepinos, había llegado como un polo de nieve de Hilario, el de las sardinas a su fin, garguero abajo por el pescuezo de los hombres de la tierra, y aireando el escueto menú con bocanadas de humo del tabaco de picadura que con tanto esfuerzo se habían hecho acreedores.

Desde todos los cerros, desde el Egido, desde la Cerca de la Carrera, desde el Gil Montero, desde el Cerro de Castuera, desde el Sesmo y desde el Cerro Palacio o desde el Rueo o desde el Cortijo La Gila, o desde La Cabeza Un Pedro o desde el Camino de Quintana, la Jesilla, el Chaparral o la Navarra, las parvas de la mies se desparramaban como soles candentes de alguna constelación lejana, donde las colleras de mulas uncidas al yugo por los anterrollos daban vueltas y más vueltas, arrastrando un trillo de madera de afilados rodillos de aspas de hierro y silex, hasta tanto desgranara la semilla de la paja, y siempre obedeciendo al látigo del labriego, que cual desaforado mazuerco azuzaba a las obedientes acémilas, encaramado en un asiento de hierro a modo de virrey; pues en la brega a ambos les iba la vida, la cena en los morrales, a base de paja y harina de pienso molido, y el ajo blanco en la barreña de tosca madera de encina. Y la bien ganada siesta a la fresca sombra de una higuera, yacientes sobre las sudadas albardas de los mostrencos animales.

Era la España pre industrial, si es que hoy creemos que ya no pertenece a aquella etapa de pesadilla de sudor y hambre, romántica y espiritual, sin embargo.

Eran aquellos tiempos, cuando sólo el cura y el aguacil podían permitirse el lujo de mirar a las Perseidas en Agosto. Y el tabernero, el Piti, como de buen grado aceptaba el polisémico alias, Juan, era testigo de las reuniones de campesinos, el Pintao, Calentito, Manolito, Marcos el de la Paquita, Dieguilo, Pascasio, el hermano de Piti, el Quemao y…tantos y otros, que, con las mantas al hombro, se aprestaban a guardar de los rateros, los bálagos de cereales ya aventados con anterioridad, aprovechando la marea de poniente que se había alzado a la puesta de sol, mientras que los patos de Manolito, que como margaritas en la ciénaga, recorrían las aguas procelosas de la laguna en una algarabía ensordecedora en competencia con el batiburrillo de las adolescentes que, a pesar de haber superado la hora convenida con los padres, estimulaban sus deseos con roces, toqueteos y arrumacos con los chicos de sus desvelos.

Y la reunión de los campesinos se prolongaba hasta bien entrada la madrugada estimulada por la más veraz de las trolas locales…

( “ Han sorprendido al cobrador de arbitrios beneficiándose a la Codorniz detrás de la puerta, y las bragas en el suelo” – comentaba el más proclive a levantar polvos, el Perrito)

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