La jira ( el cura se declara a la prima de Cloe) Continuación

By: juanrico

Apr 23 2019

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Tengamos vino, mujeres y alegría/ que ya tendremos tiempo para el incienso y las homilías” ( Lord Byron).

Las caras de los amigos y amigas aquel lejano ya en el tiempo del día de la jira era un poema. El cielo por el poniente había amanecido encapotado; unos nubarrones negros amenazaban con lluvia. Suele suceder siempre que las nubes remontaban los cerros de la charca de Zalamea.

Sin embargo, la generosidad de Dulcenombre ofreciendo el refugio de la casa del Quinto a los mozos y las mozas del pueblo iba a hacer frente a las nubes de aquel lunes de Pascua en un insólito Abril, que reventaba el barril de las aguas mil, con la inestimable intervención del Santo, San Isidro, al que don Aristofano solía moverle el hábito marrón para que dejara la lluvia para el día de su onomástica de Mayo, y no descargara el chaparrón. A don Aristófano le gustaba la parranda, el vino, el porrón, el balón, que disimulaba sus verdaderas motivaciones: rozarse con las jóvenes, a las que, con zalameras caricias, no disimulaba sus verdaderas intenciones, de atraerlas al redil de la Iglesia del pueblo, y del centro parroquial, fundado a iniciativa propia, que serviría de cobijo, solaz entretenimiento, donde familiarizarlas con los textos sagrados.

A don Aristófano, acordaron generosas las mozas de librarle de la aportación del hornazo y del vino, que, de buena añada, tenía a buen recaudo en la sacristía, a cuya generosidad el prelado les prometió unas indulgencias plenarias, que les acortaría el tiempo en el Purgatorio, si tal circunstancia llegara a darse.

Todos los jóvenes habían expresado el deseo de que el prelado se mantuviera lejos del baile, o simplemente cantara, como lo sabía hacer en las misas de los días de fiesta, o pusiera y quitara los discos. Aunque algunas de las mozas expresaron benevolentemente que don Aristofano se uniera al baile, pues el número de mozos era inferior al de las mozas, y habría que arbitrar una compensación.

Con don Aristofano no hay problemas de inmoralidad, decía Maria de las Mercedes, ya que la sotana le dificultaría los arrumacos toda vez que partiera pareja con alguna de ellas.

No les pareció extravagante la idea a todos- a Pedrito, a Juanito, a Luisito, al Yayo, a Perico, a Manolo del Zapatero, a Juan, a Manolo de Cipriano, a su primo el Monazillo, ; y a otros de cuyos nombres me falta la memoria formarían el equipo de fútbol de los chavales, contra el equipo de las mozas, cuyo capitán era don Aristofano que hubiera preferido jugar con los chavales, y si a mano venía, abrazar a la prima de Cloe en un ataque de pasión, a la que siempre había deseado confesarla por Pascuas…

A pesar de lo bien que paraba los pelotazos, a la Paquita le metieron cinco goles directos, y uno de penalty, del que Aristofano se obstinaba en negar que hubiera sido falta.

Fue un día inolvidable a pesar de la lluvia, que se precipitó después del partido. A mi prima Mary le habían echado los Reyes un picú de último modelo, que, cada vez que Marián ponía la canción de Diana de Polanca, a don Aristofano le enloquecía el ritmo, y le pedía pareja a la prima de Cloe, que, como tenía el pelo del color de la mismísima Virgen, le entraba el éxtasis de un querubín celestial…y entraba en trance.

Todas las mozas habían montado una mesa con cajas y cajones que tenía arrumbado Juan de la Paca en una de las despensas de las condesas. De los que más chuletas se zamparon fue don Aristofano y Pedrito, al que los dedos no daban a basto, y la grasa le escurría hasta el codo derecho, mientras don Aristófano llenaba y vaciaba la bota de tinto y de pitarra, del que solía consagrar en las misas del domingo.

Todos se disputaban la bondad de las perrunillas, y los gañotes, y los buñuelos de Pascua de doña María, las tortas, los pestiños y los corazones de masa pobre y azúcar, la cual tenía fama de buena repostera, de cuyo esmero solían atribuirle la necesidad de casar a sus tres hijas, aunque había pocas opciones de noviazgo a la vista, debido a la escasez de mozos en edad de merecer. Quizás le abrigaba la esperanza de que don Aristofano colgara un día la sotana.

El Lolo se percató que el prelado no llevaba pantalones debajo de la sotana cuando lo sorprendió meando en una de las esquinas del corralón de mulas. Y así se explicaba que le gustara bailar tanto al ritmo de Diana de Polanka. Bailaba con ritmo frenético, dando vueltas a derecha y a izquierda al rededor del cuerpo de la prima de Cloe rozándola por un lado, y por el otro, apalancándola por la cintura, unas vueltas hacia dentro, otras hacia fuera. Tendría que ir a Zalamea a confesarse con el compañero Conejito antes de misa.

Durante el juego de las prendas, que, cada uno según le tocara en suerte, debería despojarse de una de ellas hasta quedar en bragas o calzoncillos, a lo que don Aristofano presentó su oposición cuando le tocó el turno de quitase el sayón.

A don Aristofano le subió la adrenalina cuando a la prima de Cloe, Manolo, el hijo del zapatero, le apretaba la mano…

a pesar de los celos del prelado, la canción de Polanka continuaba resonando en la sala noble del cortijo de la condesa.

Parecía que la lluvia no iba a parar, y las canales se desbordaban y golpeaban el enlosado de la fachada. (Continuará)

Apenas había terminado el juego de las prendas, el prelado se hincó de hinojos delante de la prima de Cloe con el fin de expresarle sus inclinaciones por ella, y cogièndole la mano derecha con su mano izquierda le acariciaba el dorso de la mano al tiempo que salmodiaba con sus más íntimos pensamientos de la siguiente guisa:

La lluvia

Había dejado de batir sus alas de primavera;

el juego de las prendas dio paso a los melosos susurros

Del prelado;

Mohíno su rostro de pasión

Insatisfecho,

Apenas la humedad de sus labios

De argenta,

Su candor perdido entre la saliva seca,

No modulaban las voces de otra épocas,

Desde el púlpito predicaba,

Sin saberlo, a ciencia cierta

El amor entre los hombres

La verdadera razón de la existencia;

Ahora se le negaba

Ahora la añoraba

De anhelo la ansiedad lo dominaba;

Perdido en el Cosmo

Como de gota de agua,

Nieve de frío, de frío helado

Tiemblan las palabras de los labios,

Secos de pasión, heridos,

Su anhelo no cesa,

Como el agua del torrente

Fluye, tiembla

En el remanso de su alma

La felicidad se resiste,

No llega.

Cubre el páramo de crepúsculo ocre

Su nostalgia, sus sueños.

Te amo te deseo

Con todos mis besos te beso;

Me domina el pecado mi locura,

Me solivianta el seso,

No consigo someter a la lujuria

De un abrazo, de mi beso.

El crepúsculo tenebroso de gris había abrazado la diáfana claridad del día, y los romeros jóvenes tomaban el camino de regreso al pueblo; las primeras parejas aprovechaban el recorrido para susurrarse al oído la promesa de un sueño, y cogerse de las manos.

Echaron de menos a don Aristofano y a la prima de Cloe; se habrían retrasado en la recogida de la escudilla, los bártulos de la fiesta, y arreglar los cachiperres.

Al remontar el sendero por el collado que da vista al cortijo, las siluetas de don Aristofano y de la prima de Cloe recortaban su perfil contra la penumbra del ocaso.

A sus cuerpos les uncía la aroma del espiélago, de las flores del cantueso, y los pétalos rosa de las dedaleras, que son endémicas en aquellos páramos, se despegaban ya del sayón del prelado y del pantalón azulón de la prima de Cloe.

( Continuará)

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