Un día junto a la mar de Agosto en Islantilla

By: juanrico

Aug 12 2018

Category: Uncategorized

Dijo D. Camilo José Cela , nuestro premio novel en cierta ocasión, al que le preguntaron su opinión sobre los españoles -según hace referencia en ABC, el escritor y periodista, Juan Manuel de Prada- a los que tiene por catetos y arrimadizos.

Uno puede estar o no en desacuerdo con este criterio. Pero lo voy a dejar a vuestras entendederas; y paso a contar momentos, comportamientos o discurrir habitual del veraneante.

A nadie le importa la vida de nadie; pero a todos parece preocuparles el tiempo que uno va a aguantar o disfrutar de la playa, y todo lo que conlleva esta circunstancia al lanzar la pregunta rigurosa, de rigor, por ser un hecho incontrovertible: “¿ Hasta cuándo vais a quedaros aquí?”

Se trata de una pregunta inane; de algo rutinario, aunque quizá lleve en su interés saber de la vida de uno: de interesarse si vive una quincena en el hotel, o un piso de propiedad alquilada o de una casa propia. Sin ser amigos habituales, ellos se interesan por saber si te van a tener cerca, como un deseo positivo, o, tal vez, pretendan conocer de primera mano, hasta cuándo la presencia de uno les va a estar molestando…

-“He estado cenando en un restaurante, que es una maravilla, aunque es bastante caro, y no está al alcance de todos los bolsillos; pero se está de confortable…, que no encuentras uno igual a cincuenta millas a la redonda; un exquisito trato; un servicio fetén, que se dirige a usted por “el Señor” -relegando, claro está, lo de “el caballero” a la vulgaridad más hortera. Prefiero pagar más, aunque no te hartes, a que te echen de comer y te pongas como un cerdo, gocheando en un dornajo, lleno a tope, con los camareros que sudan mapas de España por el sobaco, como Camacho cuando era entrenador de la Roja…”

El cateto español, que se ha quedado con el cante de otro cateto informátivo, acaba de arrimarse a un establecimiento más exclusivo, por si acierta a topar con alguien que valga la pena conocer y… de paso, ¿quién sabe si en el futuro…un enchufe a tiro?

Otro cateto con oído de liebre de las Tordesillas, sigue la cadena, y se tienta la cartera o la cuenta del banco por móvil para hacer cálculos en esta aproximación. Sabe que no habrá clientes del común, considerando los precios; lo cual es de tener en cuenta. Porque para comer con los catetos del pueblo; ya vendrá el invierno.

El cateto sopesa que puede pasar una velada de veg. lo cual está muy bien visto; aunque tenga que abrir la nevera al volver a casa con la parienta. Y dar por hecho el suspiro lleno de frustración de la comensala: “ Con lo que hemos pagado, y me he quedado in alvis”¡

La bola de nieve va engordando. Su aventura la magnifica contándosela a unos amigos más próximos, aunque pasa de recomendárselo – con cuidada retórica- debido a que los precios no están al alcance de cualquiera. Y de la música ambiente: ni lo menciona, pues saben que los amigos, eso de la música clásica y el piano les resbala; aunque a la señora se le escapa la lengua, dándose por enterada, de que la quinta de Bethoveen durante la cena resultó mejor que los platos, y el trato insuperable del servicio. Y abundó, no falta de cinismo, que cuando vengan sus consuegros les van a sorprender llevándolos al susodicho, que, al comprobar los precios, discutirían sobre quién va a ser el pagano, para terminar por dividir el gasto entre las dos familias. Las dos familias quedan bien ante los ojos propios.

(Continuará II)

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