La Casa de la Victoriana: un juego de niños ( II)

By: juanrico

Jul 31 2017

Category: Uncategorized

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Focal Length:3.3mm
ISO:32
Shutter:1/0 sec
Camera:iPad mini 2


La casa de la Victoriana ( Cont. II )Apenas habíamos dejado de dar patadas al balón de goma del “Mecha”, que le compraron en la feria de Zalamea el año anterior, en premio a su buen comportamiento como hijo de una desafortunada viuda, y a las buenas referencias del maestro local. Y todos, Pepe, el de la fragua, al que le llamábamos “el Tiziano”, siempre con algún churrete de sudor y carbón que surcaba la cara, que le hacía parecerse al jefe Apache de los indios del oeste americano; el hijo del betunero, cuya casa comprara Juan Ortiz, al dejar su padre la zapatería y buscar mejor suerte en Valencia, y al que detestaba por haberme sisado un coche de lata y de cuerda, que mi madre me comprara en Alange en una temporada de baños; Juan, el de la Andaluza, que era el más contundente dando puntapiés al balón, y, al que la pobre Victoriana le tenía ojeriza por su contumaz insistencia de los balonazos contra la fachada; el Cabezón de Inés, la de la Loza, que vendía chucherías en una cesta de mimbres, con tanta habilidad en el menester, que, al vaso de pipas tostadas le ponía una base de cartón muy grueso que le sirviera de rédito, y el dedal de “una perra gorda” lo trocaba por medio dedal de “perra chica”, aunque, para ser justos, como la entreteníamos discurriendo del fraude, sin que se diera cuenta, su hijo, el Cabezón le apañaba una raíz de Palodú, del que todos chupábamos con indisimulado regocijo, al que siempre le asignábamos la portería, entre las dos piedras que marcaban los límites, de cuya destreza de parar balones con la cabeza era de todos conocida; el “Ambrosito”, muy bien aleccionado por la educación de su padre, el zapatero, y su hermano, que, estaba estudiando en Cabra para ser Carmelita un día, era el más remiso a cometer fechorías; pero al que todos temíamos, era el Cuervo, que de improviso se presentaba en la Plazoleta con el siniestro objetivo de acabar con nuestra paciencia y buen comportamiento de niños educados y obedientes a las indicaciones paterna, siempre dispuesto a repartir mamporros; y Juan Carmona, el hijo de Carmona, al que todos le conocíamos por el heterónimo de “Pericostó, de cuyo origen etimológico nunca tuvimos ni pajolera idea, que, al ser hijo único, solíamos tener en consideración las encarecidas advertencias de su siempre soliviantada progenitora, la cual solía ponderar las habilidades y destrezas de su vástago, siempre, colocándolo en un pedestal por encima de los demás zagales; no podía faltar a la cita Diego, el “Diegales”, el hijo de Rivallo, el del comercio de coloniales, la abacería, al lado de Antonio, el Pintao: un chisgarabís, siempre dispuesto a la más ocurrente de las fechorías.  

Siempre se nos planteaba el nombramiento del árbitro, aunque, no faltaba Jesús, el de la Chuquita, que después de recitar su habitual perorata por las calles, voluntariamente se prestaba a tan responsable cometido, y cuyas decisiones eran obedecidas puntualmente por los jugadores de futbol, cuya cara quemada en accidente de pequeño imponía miedo y respeto en el grupo… ( Continuará …) 

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