
Al otro lado del tiempo.Continúan las aventuras de los tres mequetrefes. (Continuación)
Tanto el Monazillo, como el Lolo, y el primo de éste ya se restregaban las manos urdiendo el siguiente plan de mandar al Chuco a colocarse detrás del cajón donde el prelado, arropado de sotana y estola iría a sentarse a escuchar los deslices de las mujeres, casadas y solteras, toda vez que era preceptivo realizar antes de la Pascua Florida, según los mandatos de la Iglesia. Aprovecharían el momento de subir al campanario a tañer las campanas a la hora del Angelus, momento, que seguidamente don Aristofanes citaba a las feligreses a cumplir con la devoción de decir los pecados, y a arrepentirse.
Aquella mañana de primavera prístina, cuando ululaba la abuvilla con su reconocible buuu, proclamando su estado de receptibilidad al macho más próximo de la estepa, aunque se encontrara tan lejos como del Torilejos, y la herida en la cabeza de Monazillo había dejado de supurarle, los tres mequetrefes bajaban por la calle de los Mártires, una vez que habían cruzado la Plaza de España, y haber comprobado que la puerta de la Iglesia la había abierto la María de la barriga rajá, que acometía ese encargo todas las mañanas, enfilaban por detrás del Sagradillo con la finalidad de no ser fisgado por el Zorrero, el municipal, que solía zanganear sobre una butaca de mimbre a las puertas del Consistorio, a veces acompañado del Gatito, el escribiente municipal; al tiempo que recordaban a los dos perros pegados en trance en la puerta de Santafuentes, a los que a peñascazos se dieron la maña de separarlos…
-Tu, Pecas, tuviste más puntería y le diste a la perra de Santafuente en los mismos morros¡
– No fuí yo, fuiste tú ,trolero – imputó el Pecas al Monacillo,
que se preparaba para responder con algún improperio al Pecas.




