El alunizaje desde Malpartida. Los Carnavales en una fotografía.

By: juanrico

Dec 14 2019

Category: Uncategorized

Decía Beaudelaire, al hacer referencia a su libro de versos – las Flores del mal- que el bien no tiene por qué acaparar toda la belleza.

Una rosca de piñonate ocupa el centro de una mesa, rodeada de chicas jóvenes -que más se parecen a los pistilos de una flor que a unas prístinas mozas ávidas de que la pasión se desate en Los Carnavales- en posición de veneración de la imaginaria corola de la flor del placer, que en su imaginario ocuparían los estambres – el órgano masculino de la flor.

Todas en su expresión parecen no zafarse de la aún reciente aventura del Chuco, y su imponente polla, de su secuestro por dos bellas nórdicas, ni de la noche de luna llena en la laguna del pueblo, cuando el Chuco movía hacia arriba y hacia abajo entusiasmado, su portentoso estambre.

Los picatostes fritos, que bien pudieran ser la metonimia de los espermatozoides, relucían sazonados del elixir sexual: la miel, cuyo melífluo discurrir entre los dedos de la mano suave de las adolescentes, puede ser una resonancia de la ferhormona masculina, que rezuma la ansiedad de las adolescentes por hincarle el diente, a pesar de la inoportuna presencia de Perico, el hijo de Braulio, el zapatero, en la escena, que, a lo mejor bien pudiera personificar la metáfora del placer.

Alguna, en un primer plano, parece el contrapunto de las demás, a causa de los años, y su indisimulado deseo de hacer promiscuos avances; otra, con su mirada ausente, se puede inferir que con ella no va la orgía, sino la virginidad como virtud; alguna trata de esconder su atrevimiento detrás de los pétalos de otra flor; de frente , sin recato, otra trata de competir en atrevimiento con el objetivo de la cámara, orgullosa de haberse dejado acariciar un día sus prominentes pechos por un apuesto galán; de perfil, como si quisieran ocultar parte de su personalidad o, tal vez, haber colegido que así evitaban ser denostadas de atrevimiento; alguna de ellas no ocultaba detrás de su sonrisa el paroxismo al que estaba expuesta en las próximas fiestas carnales; alejada, en un segundo plano, con una sonrisa de pose, parece no estar dispuesta a participar de la orgía próxima, aunque parece ser consciente de su atractivo, de sus femeninos y tersos muslos, que un día permitió que le acariciaran; las sonrisas de placer en los labios de algunas auguraban días felices del carnaval.

Los abrigos sólo denotan que se trata del invierno, y las solapas no responden a los patrones de la moda al uso, aunque los matices de color, se puede aventurar que no son coincidentes unos con otros, si atendemos a los diferentes modelos. Unas prendas que protegían del frío, ya veces ocultaban la mano de un pretendiente, adentrándose en el mito oculto del amor.

Se trata de un grupo de jóvenes paparucas, que prometen: unas por su candorosa mirada, otras por su prominente perfil y de facciones apolíneas, otras por su misterioso look. Todas agrupadas, o bien para protegerse del miedo o bien para aunar fuerzas, y ser rivales entre sí, que, llegada la oportunidad, no escatimarán argucias o tretas con el fin de alcanzar sus objetivos: dominar los tiempos.

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