La que fue, y ya no es, la casa de la Victoriana.

By: juanrico

Apr 06 2017

Category: Uncategorized

Aperture:f/2.4
Focal Length:3.3mm
ISO:32
Shutter:1/1040 sec
Camera:iPad mini 2


Scott Fitzgeral:”El pasado es ficción: la realidad ha sufrido una transformación que no se la reconoce ya. Es ficción hoy”.

Nuestra realidad, amigo mío, la tuya y la mía no serán jamás testigos en el futuro de la realidad global -la física, la espiritual- la naturaleza, en definitiva, de cuya existencia, la inteligencia y Dios, según el filósofo americano actual, C.D Emerson, son su espíritu , sin el cual, ella no sería Naturaleza ni la Tierra sería Tierra. Sólo materia.

Después de nuestra demolición, como seres vivos e inteligentes, sólo permanecerá inmutable o casi inmutable el escenario, el pueblo, la casa, el paisaje que nos acompañó a lo largo de nuestra vida, que nos “vio nacer” a cuya existencia, nosotros – nuestros ojos, nuestro paladar, nuestros oídos, nuestro olfato y tacto: todos nuestros sentidos, que dan forma al pensamiento -le dimos vida mientras vivimos. Sin nosotros, aunque nos sobrevivirá, el escenario, el pueblo, la casa, y el paisaje latirán inermes, sin tener a nuestra inteligencia como su alma, al espíritu que les llena de vida, como el alter que los define.

Pero en fin: nada moderno puede sustituir a mi memoria, a tu memoria -el recuerdo, como un latido de haber vivido. Contemplo la Casa de la Victoriana: dos ventanas grandes a cada lado de la puerta de entrada; un vestíbulo coronado por una vidriera de colores en semicírculo; a una mujer, vestida de negro gritando a los zagales que ensuciaban la fachada recién blanqueada a balonazos, conminándoles a que desistieran de jugar al futbol sobre un barrizal de otoño; a Eladio, que, apenas se dejaba ver, a no ser las noches de verano en las tertulias a la puerta de Jerónimo ( El Comino ), que a penas protagonizaba las reuniones, de las que Agustina, su esposa, siempre lideraba las noches tórridas de conversación entre los vecinos, a los que siempre su generoso proceder les ofrecía un asiento de aneas; a Felisa, que se casó con un guardia civil de Zalamea, a Socorrito, su hija, a la que hice llorar de un pellizco ( juego de niños); a Antonia y Agustín, que guardaba una vaca grande, con unas ubres enormes, blanca y negra; al “Haiga” de color negro del veterinario, D. Diego, que rompía la intimidad primitiva del espíritu inmortal de los actores: a los vecinos, y sus cuidados aireados en la noche sin reserva, como si previeran, inconscientes, que su destino tenía un objetivo: sobrevivir al paisaje, al pueblo, a su casa, y a sus vecinos. Y el olor a humo de tabaco de picadura, de papel amarillo, de marca “Ideales”, que perfumaba el aliento de unas bocas, que nunca se beneficiaron de un cepillo o pasta dentífrica, de marca “Profidén”, con sabor a menta.

No me gustan las demoliciones; son devastadoras del pasado, del cual todos somos herederos legítimos, y por ello, destructivas: acaban con nuestro paisaje, el entorno y nuestro recuerdo y, además, matan lo inmortal que llevamos dentro -la inteligencia que se queda huérfana, sin soporte material. 

No son, sin embargo, espurias las remodelaciones, que nos transforman, pero que no nos destruyen.

Debemos aprender a decepcionarnos.

  

                                                           

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