
De la ciudad diáfana y alegre… a la ciudad triste de la cultura (Cont)
Aquel examen parcial de literatura francesa sobre los escritores franceses del Renacimiento se lo calqué de un trabajo sobre los enciclopedistas franceses del XVIII, y Un compañero, de nombre Fernando, un reconocido “lameculos” del catedrático Cortes, le calcó el examen del mío propio, de cuya pericia le resultó muy positiva al comprobar que había obtenido un sobresaliente; en cambio, a pesar del riesgo que supuso copiar, me gratificó con un suspenso, más grande que la catedral gótica dela ciudad. De cuya situación decidí abandonar la cultura y lengua francesa para aproximarme a Pirandello al curso próximo.
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Aún no había terminado el partido de Casius Cleis cuando después de beber un vino nos dirigimos a la residencia de Amelie. La lluvia había arreciado, y tuvimos que caminar bajo las marquesinas de los pisos, por el acerado del la derecha de la avenida.
-!Qué tarde llegas; te estaba esperando aquí en la camilla.
-! La directora me había advertido que aún no habías llegado… y eran las diez y cuarto.
-ya sabes por qué, Maricarmen; no hace falta que te explique, que comprendas;
– ¿ has cenado algo, no?
-No; no he probado bocado. Me voy a tomar una ducha y me voy a meter en la cama.
– Hasta mañana y muchas gracias. Me despedí de Maricarmen de forma brusca, casi grosera. All día siguiente le presentaré mis excusas.( Cont.)
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… aunque el tiempo corría en contra de permanecer al lado de Amelie, las últimas horas de la tarde de aquel domingo de aquel invierno después de las vacaciones de Navidad, de cuyos recuerdos, que aún resonaban en mi memoria, y sus labios y los míos acompasaban mis palabras, que sus oídos no evitaban el susurro de aquellos momentos de nostalgia, abrazábamos la plenitud de la ilusión en un suspiro delante de un café en los altos del Coimbra, donde las parejas de adolescentes jugaban a los escarceos que el dios Apolo y el recato les permitía, las pupilas cerúleas de Amelie se humedecían al comprobar que nuestros dedos se entrelazaban sin recato, como si quisieran evitar la huída de los momentos imborrables de las tardes en casa de la Cándida…. -“soldadito”- apretó sus tiernos labios a mi oído derecho de mi rostro, mientras dibujaba la sonrisa de un recluta que abrazaba a su pareja con indisimulado descaro, mientras sus manos estrujaban sus prístinos pechos rebosantes de pasión blanca del deseo…fue la voz de Amelie lo suficiente insinuadora como emuladora que invitaba a cumplir su íntimo deseo… abrázame más fuerte: pude adivinar la invitación de su deseo…





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