
Desde la ciudad diáfana y alegre, a la ciudad gris y triste de la sabiduría (Cont.III)
Por aquellos días, ya habían cerrado la Zapatería del Betunero de la esquina, y habían recogido los bártulos para probar suerte en Alicante o para allá; el Niño Caguete, que abriera una albacería después de la guerra, también cerró, y le vendió la casa a Juan Ortiz, que se había hecho dueño de la casa del Betunero antes de irse al Levante, mientras se hacía de oro, con las mermas del trigo, siendo jefe de silo; la Inés de la Loza cerró su tienda de chuches, pipas , chochos salados y palodús que tanta ilusión había motivado entre la cagones de la calle, y de la plazoleta; sólo quedaban los hijos de Braulio, el zapatero, que no tardaría en cerrar el establecimiento, una vez que los frailes de Hinojosa habían fichado a Braulio para ser un hombre de provecho algún día, aunque fuera vestido del hábito marrón y el cilicio amarillo de cinto alrededor de la cintura, pero mientras tanto no se perdían la ocasión de tomar parte en los chismes que se formaban en la fragua de Ezequiel, a cuya concurrencia Alicio, el barbero de al lado, se unía en el batiburrillo, siempre que no tuviera que dar lecciones a los torpes de la escuela, o afeitar a algún patán del pueblo. Alicio era un sabio: sabía sumar, restaba, multiplicaba de derecha izquierda, y de izquierda a derecha, y aunque a veces no conocía las palabras del dictado, era tan astuto que se inventaba el significado.(cont.III)





