
De la ciudad diáfana y alegre, a la ciudad gris d la razón ( continuación)
* Tanto Fernando como José recomendaron a doña Caroli que me aceptara de pupilo en su casa. Doña Caroli era una viuda muy joven, que al perder a su marido se vio en la necesidad de tener que acoger a huéspedes en la calle Maraver, una cale estrecha y paralela a la calle Feria de la ciudad vieja.
Supuso un duro golpe tanto para Pepe como para mí mismo, cuando la casera nos anunció que sólo con Juan, el estudiante de Medicina de Cordoba, y compañero de José, junto con el viejo viajante de comercio de Añora, de bigote cano y de palabra sagaz y amable, le bastaba para cubrir sus necesidades perentorias, y, por consiguiente ahorrarse trabajo.
Fue doña Caroli, a la que Fernando, el boticario, le hubiera mostrado mucho aprecio cuando estuvo alojado en su casa cuando fue estudiante, la que amablemente nos buscara alojamiento en casa de dos hermanas, justo en la acera opuesta. Una morena y de portentosa figura, con cabellera morena y larga, de cuyo nombre no recuerdo ni rememorar quisiera, la que se encargaría de nuestro mantenimiento. Por primera vez, conocí las alcauciles rellenos de carne, que alguna vez un pelo largo, de su propia cabellera las envolvía, por descuido y falta de salubridad, sopesábamos. El estipendio diario de sesenta y cinco pesetas nos aliviaba el ahorro, sobretodo a Pepe, que a la sazón pasaba por casi una insoportable estrechez económica; su progenitor había sido despedido de Jefe del Servicio Nacional del Trigo…
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… Sólo un comercial, de ?, bajetillo, y con un bigote blanco y con esmero cuidado,afeitado de navaja barbera al uso, delataba al viajero ocasional un singular afecto por la casera, doña Carolina, bajita y pizpireta capaz de moverse por su casa con habilidad y soltura, de cuyos movimientos al desplazarse de un lado a otro dentro de la vivienda,movía su trasero con ostentación pícara y provocadora soltura, de cuya zarandeo el comercial se sentía más viril que de costumbre al sentir el abultamiento pertinaz en la entrepierna a pesar de haber doblado los sesenta inviernos…





