
Prosopopeya de un pueblo: del Hospital Nacional de la Maternidad en Dublín a la Churrería de Juanfra en Guareña.
Aún trasteaba por mi cabeza entre las discusiones científicas de los médicos y eruditos en el vestíbulo del Hospital Nacional de la Maternidad de Dublín, donde el protagonismo lo lideraba el Dr. Lynch, siendo L.Bloom objeto de escarnio entre los polemistas…
” Sólo la resonancia del episodio en el hospital llenaba mi inquietud intelectual, al que estaba acostumbrado en una churrería local, la que regentaba el bueno de Frank y su esposa Mayte, y al mismo tiempo confortaba la lujuria del intelecto inquieto, y ansioso de proporcionar serenidad al vacío de soñolencia que la ausencia de sabiduría bien pudiera mortificar a cualquier espíritu telúrico…”
La presencia de Vito, el de Cristina, me alivió la zozobra de la estolidez que esta atmósfera me solía proporcionar.
– ¡ Qué felicidad me procura verte por estos páramos ! -intentaba complacer mi alegría con la sincera empatía que su presencia me producía.
– ¡ Ya veo que meterse con los clérigos es el tema recurrente por aquí¡ Y no está bien que salga de los labios de un monaguillo, y ni de un costalero.
No pretendía abortar el tema tan socorrido e iconoclasta contra alguien o institución, y hoy más que nunca, toda vez que Juanfran me había saludado eufórico con el puño cerrado, y la efusión propia de la alegría que una victoria de los partidos de la izquierda sociológica suele acarrear.
– “¡ Ya estamos otra vez, metiéndonos con los curas!”
– ¿ No ha oído usted la vieja canción, cuyo estribillo hace alusión a la lujuria del clero (“Si el señor cura duerme en la cama/ dónde coños duerme su ama?”) A lo que, el simpático vecino de Cristina terminó por añadir…
– Si se casaran, su mujer impediría que nos pusieran los cuernos!
– ¡ Ja ja ja! – y una socarrona carcajada de aprobación acompañó al improperio anticlerical.
-“Menudas hostias me dio el cura Merino para hacerme entrar en la mollera la doctrina.! ¡ No soportarían que el ama les pusiera los cuernos!
La ley de enumeración determinante que la naturaleza dicta a todos los comportamientos de los hombres y de los seres vivos, plantas y animales, rige también en estos casos sobre la infidelidad (recurrí en mi pensamiento al argumento del ínclito Lynch en el vestíbulo del Hospital Nacional de la Maternidad de Dublín ).
Debido a deberes personales, abandono la tertulia en la Churrería, dejando a Vito con las mieles de sabor a “limoncelo” en sus labios, aquella mañana de primavera cuando los cúmulos de tormenta amenazaban la quietud celeste por el horizonte solano.





