Fue aquel añejo septiembre cuando mi padre me subió al tren. Solamente sabía que existían los trenes porque al sardinero Hilario le traían las cajas de sardinas en el tren de Castuera, que venía de Madrid. Además del recovero Cupido, -que compraba de cortijo en cortijo, como un buhonero que va de puerta en puerta, los huevos y los pollos, y los metía en unas enormes jaulas de palos, como rejas por donde las gallinas sacaban la cabeza con el pico abierto de calor, de sed y de hambre, y montaba la jaula sobre los lomos de un burro, de la cual a la más mínima brisa, soltaba una nevada de plumas de múltiples colores. Un sentimiento de melancolía me embargaba en lo más profundo de mi alma, cada vez que Cupido daba alcance con un gancho acoplado a un palo largo al pollito blanco de mis preferencias, al que había acostumbrado a venir a comer trigo en mis manos, a saltar sobre mis rodillas y a cantar su melodía matinal como cualquier gallo, al pespuntear el crepúsculo de la mañana. Sentía un sentimiento de odio por aquel recovero, convertido en carcelero cruel , que agarrándolo de sus dos patas amarillas lo introducía sin compasión en aquella caja de madera, abarrotada de aves jadeantes de sed y hambre. (II) *** Otras veces, desmontaba de un borrico pardo, como la piel de su rostro, otro recovero de Higuera, que habitaba en una casa de humilde techo de cañas, de planta baja, sin ventanas, cuya puerta daba acceso a la cuadra, donde guardaba a su asno, un habitáculo tan oscuro como una noche sin estrellas. Demetrio, del que no puedo asegurar que tuviera mujer, era un tipo simpático, de conversación fácil, aunque no tan negociante en la oferta y demanda de aves como Cupido; no parecía tener argumentos para oponerse a los precios de los pollos y huevos a la propuesta de mi madre, a cuya demanda accedía con un lacónico – de acuerdo, señora. Me parecía Demetrio un hombre generoso, pues me agasajaba con una tableta de chocolate, de marca “La Colonial S.A”, que incluía cromos de futbolistas, con cuyas fotos de color, como en las películas de tiros, rellenaba un libro muy vistoso, y de cuadros dispuestos para pegar a los ídolos deportistas de aquellos años – Puchades, Campanal, Quincoces, Zamora…-ya muy apartados de los almanaques del tiempo.(III) *** Me contaba el torturador de aves, Cupido, que el tren tenía una cabeza muy grande, que echaba humo blanco y espeso, como las nubes de las tormentas, por una chimenea cilíndrica en forma de tubo, igual que las chimeneas de los barcos en las películas, que silbaba como Belcebú, de nariz chata y roja, y soltaba chispas por las orejas; que, cuando se acercaba a la estación, se detenía con un ruido aterrador a las órdenes de un señor muy importante, que vestía un gorro de color rojo y negro, de gabacho, con botas y polainas de cuero muy limpias y brillantes, con las que taconeaba por el andén, y no saludaba a nadie. Su nariz era roja, de frío o de vino. (IV) *** Me parecía, cuando lo vi, un capitán de la guardia civil, y que, aunque no llevaba ni estrellas ni adornos en el hombro ni bigotes negros, ni espuelas de montar en los talones, llevaba un farol que daba destellos rojos al levantarla por encima de su cabeza en dirección a la siniestra máquina, que arrancaba de nuevo con un ronco silbido de sirena de barco, como en las películas del cine de Hilario, el sardinero y heladero, y de su cinturón de piel negra descolgaba una fusta tan larga que era como el zurriago del Zorrero, el municipal del pueblo, el cual gastaba muy malas pulgas con los muchachos, y nos daba zurriagazos cuando le tirábamos piedras al perro de Aguasanta, que era muy impertinente y siempre ladraba al pasar por su puerta, los colegiales a la salida de la clase de d. Luis.(V) *** Y al cobrador del servicio, Emilio, que me llamaba cariñosamente, “Pelagatitos” – y no se parecía a Valentín, el chófer, también de Castuera, al que yo idealizaba por tener un pelo muy brillante, y peinado hacía atrás, que giraba muy rápido el volante grande como una rueda, y corría muy rápido levantando la camioneta una nube de polvo de color ocre denso por detrás, en la carretera que transcurre entre La Higuera y Retamal, del que los muchachos no podríamos colgarnos y descolgarnos en el pueblo: era una carretera estrecha sin alquitrán, que cubría el trayecto de Castuera a Llerena, y pasaba por Pelagatos, la finca de mis abuelos, donde nos bajábamos mi padre y yo, al parar el autobús frente al cortijo de Pajalarga, a la sombra de dos chaparros, que apenas crecían; y hoy parece que su sombra se desparrama tan insignificante como en aquel setiembre, y los brotes de la bellota siguen siendo tan escasos como hace muchos años. (VI) *** Me decía mi padre, agarrado a su mano derecha con mi mano izquierda, bajando la cuesta de las estribaciones de la Sierra de los Pollos, y las laderas de los Argallanes, que el aire ya anunciaba la otoñada por adelanto con olor a geosmina, la tierra del barbecho humedecida después de la lluvia, según las palabras del mismo Hermógenes, que, además de doctor en medicina, estudió en la Universidad de Salamanca, y sabía de la ciencia agrícola; que el olor agridulce de la maduración del membrillo, y la aroma empalagosa que el aire levantaba de las viñas de Pedro Jiménez, montúa y moscatel; que los barbechos ya desprendían el acre hedor a estiércol, desparramado por el sembrador a puñado de un saco colgado a su hombro derecho, como si su generosidad influyera en la cosecha de Primavera; que la ribera del Guadámez había extendido su lecho con las últimas lluvias, y el rumor del torrente anunciaba a su paso el cambio de estación; que el vuelo rastrero del aguanieve, y el graznido de la urraca componían la melodía de un cambio de tiempo sobre los pardos cabezos y el oscuro verdor de los ribazos, en cuyos muros horadaban sus nidos los avejarucos en la Primavera, ya abandonados hasta el próximo marzo. (VII) *** Emilio siempre al cobrar el billete le recomendaba a mi padre que me llevara a subir en el tren. Bajábamos la ladera de un cabezo suave, siguiendo la pared de piedras sobrepuestas de un prado, de Doña Crisanta, siempre sembrado y verde, al que bordeábamos camino abajo por una vereda delimitada por jarales, retamales, zarzamoras, agulagas y lentiscos y escobas hasta alcanzar la vega del río donde el aire, que mecía las retamas de color verde pálido, y las adelfas en flor, de flores rosas y rojas, se desprendía una aroma a tierra mojada, a jara, a brezo y a romero, a tomillo y retamas , que en setiembre estaban motejadas de bolitas ya secas, pero si el viento soplaba con fuerza, tintineaban como si fueran las campanillas de un rebaño de ovejas del Portal de Belén. A veces, unas plantas marrones, que tienen agujas, como las brujas, en lugar de flores, me picoteaban los brazos y las piernas desnudas de niño, con tanta fuerza que me levantaban sarpullidos de color rojo, que, debido al escozor, no cesaba de rascarme, y mi madre aliviaba con emplastos de aceite: el aceite era la panacea que curaba todas las heridas en aquellos añejos años. (VIII) *** La corriente del río había empezado a recorrer el mismo arroyo de la Primavera con las primeras lluvias de otoño, y mi padre me echaba a cuestas para salvar el agua, ya que sus piernas eran muy largas y fuertes. Me gustaba escuchar el monótono ronroneo seguido del torrente al acariciar las piedras redondas que encontraba al paso. Y, sobretodo, me hacía feliz observar cómo los peces alevines iban y venían por la corriente del río en una frenética carrera sin meta aparente. Me imaginaba a Natalio colocando los garlitos en la corriente para atrapar a los barbos, que mi madre le compraba para comerlos fritos por la noche después del gazpacho. Natalio era el hijo del “Chulillo” el cabrero del tío juez y de don Fernando, al que le chiflaba explotar las granadas del frente de los Argallenes en la guerra civil, que los rojos habían dejado abandonadas en las trincheras de la Sierra Lázaro cuando huían hacia Castuera y Monterrubio, puente de salida de la emboscada del ejército nacional de Franco, mi héroe de la niñez.

By: juanrico

Jan 08 2019

Category: Uncategorized

Leave a comment

Leave a Reply

Please log in using one of these methods to post your comment:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

Nick's Blog

Nick Momrik: Asparagus is gross

Lens Cap

Casual glimpes into mundane suburbia

Mataparda

This WordPress.com site is the cat’s pajamas

cracking up

Just another WordPress.com weblog

WordPress.com

WordPress.com is the best place for your personal blog or business site.

The WordPress.com Blog

The latest news on WordPress.com and the WordPress community.

%d bloggers like this: